El sábado 6 de septiembre, de buena mañana, iniciamos nuestro viaje a Bretaña y Normandía. Pese al madrugón, nuestro ánimo es bueno porque nos mueve la ilusión.

En Oyarzun realizamos la primera parada técnica del viaje. Es un buen momento para desayunar. Aquí se cambian los conductores. Toma el volante Sonia; ella será quien nos guíe y lleve durante todos los días del viaje. Su buen hacer, su profesionalidad, amabilidad y siempre una estupenda disposición, ha contribuido a hacer estos días más agradables y seguros.
Apenas retomada de nuevo la ruta, cruzamos la frontera y entramos en Francia. Pocos quilómetros más adelante, hacemos una breve parada en San Juan de Luz. Con nuestro guía-acompañanta, Javier, nos acercamos hasta el puerto y la playa y recorremos las calles aledañas. Nos detenemos ante las casas que ocuparon, una cada uno, Luis XIV y María Teresa de Austria los días previos a su boda. Visitamos la Iglesia de San Juan Bautista donde se casaron el 9 de junio de 1660. Su estructura interna responde a la arquitectura religiosa típica de la zona. Una sola nave con tres niveles de galerías de madera adosadas a los muros laterales. El acceso a su interior no es el original ya que aquella puerta fue tapiada en 1669, en recuerdo del paso por la misma de Luis XIV y María Teresa de Austria.
Acabada la visita, regresamos al autobús y continuamos nuestra marcha hacia Bretaña. Comemos en Arcachon. Dos paradas técnicas más y llegamos a Nantes. Es de noche ya cuando entramos en la ciudad. El viaje ha sido largo y estamos cansados.
Hoy, primer día, amanece despejado en Nantes; ya hemos descansado; por eso salimos animados en pos de nuestra guía para realizar la visita de la ciudad. Del amplio recorrido por calles y plazas, avenidas y casco antiguo, tres elementos, entre otros muchos, cobran especial relevancia:
Le Passage Pommeraye. Es uno de los más bellos de Europa. Se construyó en el siglo XIX. Su promotor fue Luis Pommerage. Tres años duró la obra y no pocos fueron los problemas; por una parte, los vecinos expropiados y, por otra, la complejidad que suponía salvar una diferencia de altura de diez metros entre la entrada y la salida. Este pasaje, una galería comercial en tres niveles, se organiza en torno a una escalera monumental que une el distrito de los negocios con el distrito cultural. El nivel inferior es la Galerie de la Fosse, el intermedio, la Galerie Régnier y el superior, la Galerie Santeuil. Las cubiertas son de cristal. Este Passage muestra la pujanza económica del Nantes del siglo XIX. Destacan las estatuas de la gran escalera que son alegorías del Comercio, la Industria, las Bellas Artes, la Ciencia…


La catedral de San Pedro, de estilo gótico flamígero. Su construcción, que se inicia casi a mediados el siglo XV, se lleva a cabo en distintas fases. Las tres primeras son casi sucesivas y no van más allá de los primeros años del siglo XVI; las dos últimas se demoran más de un siglo y, hasta la segunda mitad del XIX, no se termina del todo. Hoy día está bastante restaurada ya que sufrió los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Ha soportado también dos incendios uno en 1972 y otro más reciente, en 2020


Castillo de los Duques de Bretaña: Está situado en el barrio medieval de Nantes, el centro histórico de la ciudad. Es el monumento más antiguo, junto con la catedral de San Pedro. Inició la construcción, a mediados del siglo XV, el Duque Francisco II y la continuó su hija Ana de Bretaña.


Desde Nantes nos trasladamos a Angers, capital del antiguo ducado de Anjou. Después de comer, accedemos a su inmenso castillo que se alza sobre el río Maine; es una gigantesca fortaleza construida en el siglo XIII. Son características sus torres circulares que protegían la ciudad de los ataques durante los continuos enfrentamientos entre normandos y bretones.
Nuestro objetivo aquí es el famoso Tapiz del Apocalipsis. Ostenta el orgullo de ser el más grande del mundo. Mide 103 metros de largo y 4,5 de alto. Si estuviera completo, alcanzaría los 140 metros de longitud. Se trata de una representación del Apocalipsis de San Juan. No obstante, la guía que nos lo explica destaca el matiz y significado político de la mayoría de cuadros e imágenes; reflejan los enfrentamientos de franceses e ingleses durante la Guerra de los Cien Años y la propaganda interesada de la casa de Valois. Fue tejido a finales del siglo XIV por encargo del duque Luis I de Anjou.


Tras la salida del castillo, hacemos un recorrido por la ciudad; nos detenemos, primeramente, en la catedral de San Mauricio; después caminamos por el casco antiguo de la ciudad. En sus calles podemos contemplar innumerables edificios con entramados de madera en sus fachadas. Particular mención merece la Maison d’Adam, un impresionante edificio medieval construido en los años finales del siglo XV y en cuya fachada se encuentra la famosa y peculiar escultura conocida popularmente como «Le père Tricouillard». En otra parte de la fachada nos esforzamos por descubrir la figurara de un caracol; nos recuerda a la rana de Salamanca. Después de un breve tiempo libre, regresamos a Nantes



Hoy el día se presenta poco claro y amenazando lluvia cuando partimos hacia Vannes. Nuestro guía nos espera cerca de la puerta de San Vicente; por ella accedemos al casco antiguo de la ciudad. También aquí son abundantes los edificios con entramados de madera. Las murallas de la ciudad medieval de Vannes son transitables lo cual permite disfrutar de buenas vistas panorámicas. Al pie de ellas hay un inmenso jardín, perfectamente cuidado. El escaso tiempo del que disponemos nos impide pasear entre sus parterres con gran cantidad de flores.



Persiste la amenaza de lluvia; por el momento se mantiene en amenaza. Entramos en la catedral de San Pierre, templo gótico levantado sobre el solar de una antigua catedral románica. Aquí está la tumba de San Vicente Ferrer. Aparte de esta capilla, poco pudimos ver del interior de la catedral ya que obras de reparación y arreglos impedían el acceso a ella.


Salimos de la ciudad por la misma puerta de San Vicente, tal como que habíamos entrado; ahora ya tenemos que correr y guarecernos bajo los paraguas hasta llegar al autobús. Nos vamos en dirección a Carnac donde llegamos con agua y viento. Accedemos al Centro de interpretación de las estructuras y alineaciones megalíticas de la zona. Surge la duda: visitar los megalitos bajo la lluvia o quedarse en el Centro visionando un documental explicativo.
Pero, llegar hasta Carnac y quedarse a la puerta…Un buen número de personas, optamos por protegernos con paraguas y chubasquero y hacer un recorrido entre los megalitos; fue un acierto pues muy pronto dejó de llover y pudimos contemplar estas enormes piedras alineadas cuyo significado sigue siendo misterioso. Estos tres mil alineamientos de menhires, repartidos por un espacio extenso de terreno, convierten a Carnac en una de las concentraciones de piedras erigidas más extraordinarias del mundo.


Por la tarde, después de comer, nos desplazamos hasta Rennes. Llegamos a media tarde; no llueve; luce un sol indeciso. La guía nos espera cerca de la antigua muralla que rodeaba la ciudad. Entramos en el recinto amurallado por la porte Mordelaise; está fortificada con dos torres redondas equipadas con matacanes que defienden la entrada. Forman parte de las murallas medievales. Datan del siglo XV.

A poco más de un centenar de metros de la puerta, se encuentra la catedral de San Pedro. Su estilo es una mezcla de gótico y neoclásico, pues diversas partes de la catedral se derrumbaron y fueron reconstruidas según el estilo de la época correspondiente.


También en esta ciudad, como en casi todas las de Bretaña, abundan las casas con entramados de madera. Pasamos ante muchas de ellas, algunas, con figuras talladas en la propia madera o en los dinteles de las puertas.


En un punto de nuestro recorrido, como una explosión, se abre ante nosotros la inmensa Place de la Mairie. En ella sobresalen el majestuoso edificio del Ayuntamiento y la fachada curva de la Ópera de Rennes. Es una zona muy transitada con abundantes terrazas, cafés y restaurantes. Nuestra visita acaba en la plaza del Parlamento de Bretaña. Destaca aquí el imponente edificio del siglo XVII; sobrevivió al gran incendio de la ciudad en 1720 ; fueron siete días de terror y fuego que arrasó el centro histórico.


El cuarto día de viaje se presenta lleno de actividades y con el cielo, también hoy, prometiendo lluvia inmediata. A primera hora partimos hacia Dinan, pequeña localidad situada en una colina que domina el río Rance. Con paraguas, recorremos algunas calles en las que vuelven a aparecer las casas con entramados de madera. La Torre del Reloj nos sirve de orientación. Nos acercamos hasta la Basílica de Saint-Sauveur. Es un templo cuya estructura data del siglo XII, pero tiene muchos elementos góticos y posteriores. Aquí se conserva, dicen, el corazón de Bertrand Duguesclin. No tenemos imágenes de su corazón, pero sí de su estatua. Fue un militar y condestable, célebre en Francia por su papel en la Guerra de los Cien Años contra Inglaterra, pero también en España, por intervenir en las luchas de Enrique II de Trastámara contra Pedro I de Castilla




Cuando llegamos a Saint Malo nos recibe la lluvia y el viento. Descendemos del autobús buscando cobijo cada uno donde puede; en la confusión, algunos perdemos al guía o el guía nos pierde a nosotros. Entre la lluvia y los despistes cada uno ve y recorre el recinto amurallado como mejor puede. La inclemencia del tiempo nos impide disfrutar de esta ciudad.

Después de comer ya no llueve, se despejan las nubes y luce el sol. Desde la carretera, empieza a columbrase en la lejanía, la afilada mole de Monte Saint Michel; para la mayoría de nosotros, el punto culminante del viaje. La abadía que lo corona parece surgir del mar; la imagen fascina por sí misma. Atraídos por ella, nuestra vista queda hechizada. Bajamos del autobús y, tratando de aprovechar el tiempo al máximo, corremos hacia las lanzaderas que nos acercarán hasta la entrada.

Accedemos por la Puerta del Rey; el gentío es inmenso, pero ni eso ni los doscientos metros de fuerte pendiente de la Grande Rue ni la promesa de los trescientos cincuenta escalones nos detiene. Una locura de tiendas y comercios repletos de curiosos. Bares y establecimientos de comida, también con abundante clientela, entorpecen la subida, pero no la hacen especialmente agobiante. Tras pasar los controles oportunos y ascender la totalidad de las escaleras, llegamos a la cumbre. La sensación general es que no ha sido tan difícil el ascenso, pese a las advertencias del guía en sentido contrario. Tal vez la ilusión nos ha facilitado la tarea.

Recorremos y admiramos las distintas dependencias de la Abadía: Iglesia Abacial, Refectorio, Cripta de los Gruesos Pilares, Jardines de la Abadía, Rueda de la prisión… El claustro merece particular mención; es como una miniatura maravillosa de la mayoría de los claustros abaciales o monacales; el mismo esquema y estructura de las columnas y los capiteles, pero más sobrio, sin la ornamentación y filigranas imposibles de otros claustros románicos o góticos. Son de granito, de un color rosado. Sólo por el conjunto que forma el claustro merecía la pena el esfuerzo del ascenso.
Cuando salimos y enfilamos la pasarela, el magnetismo de la Abadía tira hacia atrás de nosotros y nos hace volver la vista una y otra vez. Se vislumbra ya la marea que se acerca impetuosa, «a paso de caballo», y empieza a rodear el islote que forma el Monte Saint Michel. La Abadía y todo el conjunto que ella engloba se aleja de nosotros tras el puente-pasarela y el camino que nos lleva al aparcamiento

Hoy, jueves 10 de septiembre, comenzamos el viaje de retorno. El tiempo luce espléndido. Nuestro primer destino: La Rochelle. Caminando desde el aparcamiento del bus nos acercamos a las torres que dan entrada al puerto de la ciudad y que la defendían. Son la torre de San Nicolás y la torre de la Cadena.


Desde allí iniciamos un recorrido por las distintas calles y plazas que forman el centro histórico. Casas medievales con entramado de madera, arquitectura renacentista y callejones cubiertos con arcos del siglo XVII. Paseando por el puerto, el exterior de la muralla y zonas aledañas o sentados en las abundantes terrazas de la zona, hacemos tiempo hasta la hora de la comida.


Por la tarde nos acercamos a Rochefort. Es una ciudad que surge en el siglo XVII, bajo el reinado de Luis XIV como base de arsenal y astilleros de la Armada Real. Para nosotros la ciudad tiene un cierto matiz entre simpático y sentimental debido a su hermanamiento con Torrelavega. Tras un breve paseo, de nuevo al bus con destino a Burdeos; llegamos al final de la tarde.



Al día siguiente, salimos del hotel y pronto recogemos a nuestra guía local. En el trayecto hacia el primer destino nos va explicando generalidades de la ciudad, su historia, sus características, su importancia…Atravesamos el río y desde la otra orilla, tenemos una estupenda panorámica.
Burdeos tomó importancia a partir del siglo XII tras el matrimonio de la duquesa Leonor de Aquitania con Enrique de Anjou que muy pronto se convertiría en Enrique II de Inglaterra. Antes había estado casada con Luis VII de Francia, pero, tras quince años de convivencia, el matrimonio fue anulado por causas de consanguinidad. Aquí la guía «reconstruye» la Historia tomándonos a algunos de nosotros como actores y figurantes de la misma. Hay una novela, cuyo título es Aquitania, escrita por Eva García Sáenz de Urtubi que tiene como protagonista a Leonor. Interesante.

Terminada la «representación», de nuevo en el bus, cruzamos el río en sentido contrario y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. La guía hace que nos fijemos en la Porte Cailhau, de estilo gótico-renacentista construida a finales del siglo XV frente al río Garona. Insiste en la importancia que tuvo en su época pues era un punto de acceso a la ciudad a través de la muralla. La puerta, provista de rastrillo, aspilleras y matacanes, recuerda el carácter defensivo de las puertas de la Edad Media. Seguimos nuestro recorrido por la ciudad, sin descender del bus, hasta llegar al centro. Entramos en la catedral de San Andrés; nos llama la atención su particular construcción. De su origen románico, al final del siglo XI, no quedan más que los muros interiores de la nave principal. La cabecera y el crucero es gótico puro; el resto, algo posterior, es un gótico más tardío.


Al salir de la catedral, de nuevo al bus, para continuar hasta la Ópera. Aquí termina nuestra visita guiada. Disponemos ahora de un tiempo libre que empleamos para callejear y admirar la magnificencia de los edificios y tomar un aperitivo en las innumerables terrazas de la zona. Comemos en el restaurante de un centro comercial. Acabado el almuerzo, regresamos al autobús y partimos hacia casa
Ya anochecido, llegamos a Torrelavega. Es el fin de nuestro viaje. Ha resultado agradable e interesante, pero también un poco cansado; han sido muchos quilómetros y muchas actividades en poco tiempo. Tal vez dos días más, y con los mismos lugares a visitar, nos hubieran permitido mayor tranquilidad y mejor asimilación de lo visitado. No obstante, felicidades y agradecimiento a APYTE por la organización y el trabajo.








