En la segunda semana de diciembre, casi todo el grupo de Amigos de Labastida, hemos vivido una experiencia nueva en viajes: un crucero por el río Danubio.

El día nueve salimos de Torrelavega en tren con dirección a Madrid. Día feo y lluvioso; el anterior, incluso, había nevado en la zona de Reinosa. Por esta u otra causa, un tren regional nos acerca hasta ese lugar. Allí transbordamos al Alvia para proseguir viaje. El retraso acumulado hasta llegar a destino es de casi una hora. En Madrid, nos alojamos en el hotel Senator, próximo al aeropuerto.

De buena madrugada, el día diez, nos trasladamos al aeropuerto. Después de los trámites de facturación y controles correspondientes, desayunamos y nos dirigimos a la puerta de embarque. Tres horas de vuelo sin ningún tipo de incidencias.

En Viena el día se muestra gris, frío y poco agradable. La guía, Reyes, nos recoge a la salida y, en bus, nos lleva hasta Viena. En total somos un grupo de dieciocho personas. Es mediodía; al barco no iremos hasta las cuatro de la tarde. Por ello el bus nos traslada hasta una zona céntrica, al lado de la Ópera. Vendrá de nuevo a recogernos para trasladarnos al barco. Tiempo para comer y pasear por el entorno; llegamos hasta la catedral en medio de un gentío inmenso. Entramos un momento, pero no hacemos una visita más detenida porque no tenemos tiempo. Nos conformamos con admirar la estilizada estampa de su esbelta torre y el dibujo de los tejados.

A la hora convenida, el bus nos acerca al barco. El muelle donde está atracado dista una media hora del centro de la ciudad; en el trayecto, Reyes nos da algunas explicaciones sobre las distintas zonas por las que vamos pasando y la historia de las mismas.

Nuestro barco es el Amadeus Cara, elegante y confortable, con una amplitud destacada para tratarse de un barco fluvial. Los trámites de acceso y la entrega de llaves de los camarotes es ágil y rápida. Sin apenas tiempo para deshacer las maletas, pasamos al Salón Panorámico donde tiene lugar el Cóctel de Bienvenida. En el mismo acto se presenta la tripulación del barco, desde el último empleado hasta el capitán.

Poco después se sirve la cena en el comedor; es un local agradable y acogedor. La cena no desmerece; platos deliciosos, camareros atentos y un servicio que no deja suelto ningún detalle. Durante el tiempo de nuestra estancia en el barco, todas las comidas son exquisitas, con una presentación excelente de los platos y destacada calidad de los ingredientes. Además, los menús de cada día son variados y con diversas posibilidades de elección. Al final del viaje, alguien define el crucero como una sucesión de comidas con pequeños intervalos para visitar ciudades y lugares en el exterior del barco.

Hoy miércoles día once, el barco permanecerá atracado en Viena hasta las diez de la noche. La guía nos había convocado a las ocho de la mañana para salir hacia el centro de la ciudad y realizar una visita panorámica; pero, ¡oh paradoja!, ella se ha dormido y hay que llamarla. Empezamos el día con retraso; es algo que hoy se repetirá alguna vez más.

El bus nos lleva por las zonas más monumentales de la ciudad mientras el guía local nos da las explicaciones oportunas. No son cómodas estas visitas panorámicas pues desde el autobús se pierden muchos detalles y otros se perciben bastante fragmentados.

La visita a pie comienza en la Plaza de María Teresa, muy próxima al Palacio Imperial de Hofburg. Es aquí donde el guía, una vez que entramos en la gran plaza central, nos hace una exposición detallada tanto del estilo constructivo de los edificios del complejo, como de la Historia de la dinastía de los Habsburgo. El día empieza a ponerse molesto no sólo por el frío sino por la fina lluvia, aguanieve, que cae; afortunadamente dura poco y su intensidad es reducida.

Salimos del Palacio y recorremos diversas calles con esplendidas mansiones, museos, edificios suntuosos e históricos; pasamos al lado de la Ópera y terminamos en la Plaza de la Catedral. La Catedral de San Esteban de Viena. El guía se despide de nosotros; aquí tendremos poco más de una hora de tiempo libre. Como ayer ya habíamos estado en la catedral, decidimos emplear este tiempo libre en acercarnos hasta el Ayuntamiento; es un edificio neogótico que habíamos visto desde el autobús, pero de manera efímera. Una interpretación errónea del GPS nos hace ir al revés. Nos quedamos sin ver de cerca el Ayuntamiento, pero la imaginación y alguna foto lejana nos permitirá recordarlo.

Regresamos al barco; comemos y, sin solución de continuidad, de nuevo al bus. Vamos a visitar el Palacio de Shönbrunn y el mercadillo adyacente a él. Antes de entrar tenemos tiempo para pasear por los jardines; una inmensa extensión de parterres y paseos, con gran cantidad de estatuas, hasta la fuente de Neptuno. Detrás, en una pequeña colina, se alza la Glorieta, diseñada para ensalzar el poder de los Habsburgo. Desde esta altura hay una panorámica excelente del Palacio con la ciudad de Viena al fondo.

Con el guía local, iniciamos la visita al interior del Palacio; nos lo explica todo perfectamente, de manera sencilla, pero exhaustiva. Hay mucha gente, aún así, podemos apreciar la magnificencia de las salas, sus muebles, sus cuadros, sus estatuas y su ornamentación. Al salir realizamos un breve recorrido por los diversos puestos del mercadillo situado delante de la fachada principal del Palacio. Volvemos al bus y regresamos al barco con el tiempo justo para cenar; ni siquiera accedemos a los camarotes para dejar abrigos, gorros, mochilas y demás adminículos contra el frío.

Hoy el día es de un ajetreo continuo, como dije más arriba; salimos apresurados del comedor; breve paso por las habitaciones y, corriendo, al bus para asistir a un concierto. Pero aquí empieza el desconcierto; el bus no está. ¿Qué ha pasado? Nadie lo sabe. La guía nos manda de nuevo al barco; en la calle hace mucho frío; nos avisará cuando sea hallado el autobús perdido. Nosotros nos debatimos entre el pesimismo y la esperanza. Con todo este ajetreo han dado las ocho de la noche; el concierto está programado para las ocho treinta. Complicado. Al fin aparece el autobús y el chófer se compromete a llegar aunque sea con el tiempo justo. Y sí, con nervios y casi derrapando, llegamos. Ahora, carreras; carreras para bajar del bus, carreras para acceder al recinto, carreras para subir las escaleras, carreras por los pasillos…y llegamos… tarde, pero llegamos. El local es precioso y pertenece al complejo enorme del Palacio de Hofburg. Al ser los últimos, nuestras localidades también están alejadas del escenario. Este no está elevado por eso resulta bastante complicado tener una visión completa de los músicos y bailarines; solo se perciben fragmentos mirando entre las cabezas que no dejan de moverse. Muy buena la música y la interpretación de la misma; pero resulta extraño la carencia de escenario o de un estrado elevado para facilitar la visión desde todas las localidades. Vuelta al barco con el tiempo justo para que este leve anclas. La recena nos compensa de los avatares del día.

Primera noche navegando; al amanecer del jueves día 12 llegamos a Melk. La Abadía está cerca, pero nos llevan en bus hasta ella. La portada de acceso y el patio al que da entrada son inmensos. Aquí todo es grande y magnífico. Recorremos las distintas salas que fueron en su día habitaciones de los monjes y dependencias de la abadía; hoy son espacios expositivos de distintos temas. Mención especial merecen la biblioteca y la iglesia.

Se impone el Barroco, pero, como la iglesia es amplia, aquí este arte no resulta cargante y pesado. La construcción, en su totalidad, fue realizada en los siglos XVIII y XIX. No hay ni el más elemental vestigio de la primitiva abadía. Desde ella hay unas vistas magníficas del pueblo de Melk y de su entorno. Tenemos tiempo para dar un paseo por sus calles.

Apenas regresamos al barco, este parte de inmediato. Mientras comemos, observamos que entramos en una esclusa; apuramos la comida para subir a cubierta y asistir mejor el proceso de llenado de la misma y todo el conjunto de la maniobra. El funcionamiento es complicado aunque parece sencillo a simple vista: el barco se sitúa entre las compuertas, se modifica el nivel del agua mediante gravedad, el barco sube o baja y, finalmente, con la apertura de la compuerta el barco sale con el nuevo nivel.

Estamos navegando a lo largo del valle del Wachau. La tarde es fría, pero soleada y luminosa; eso hace que los paisajes por los que vamos pasando cobren mayor relevancia. Poblados, iglesias, edificios de mil colores, inmensas panorámicas… se reflejan en las aguas del río y componen un paisaje espectacular y, con frecuencia, misterioso y abstracto. La luz diurna termina con el barco entrando en una esclusa

La tarde se remata con la fiesta del vino caliente. Se trata de un vino fuertemente especiado y caliente. Parece que es algo típico de estas zonas de Austria y Alemania a lo largo del mes de diciembre, época de adviento; lo veremos también en muchos puestos de los mercadillos que visitamos en diferentes localidades. Junto al vino, nos ofrecen pastas y dulces. Comer a todas horas; esa es la cuestión.

A primera hora de la mañana del día trece llegamos a Passau. Hoy no tenemos guía local; nos acompaña Reyes.

Según la Wikipedia «Passau es llamada la ciudad de los tres ríos, puesto que en ella confluyen el Eno, cuyas aguas vienen de los Alpes y son de color verde, el Danubio, de agua azul, y el Ilz, cuya agua, proveniente de una zona pantanosa, es negra. En el lugar en que los ríos confluyen, la diferencia de color de los mismos se hace más notable y resulta incluso curiosa.» Hoy no se aprecian esos colores.

Con Reyes vamos hacia el centro de la ciudad, la catedral en concreto. Es barroca; alta; la luz que la inunda resalta mucho más el color de los frescos del techo y todos los adornos y figuras, de vivos colores, en estuco y escayola. Breve recorrido por el mercadillo que hay frente a ella.

Después Reyes nos acompaña hasta la iglesia de San Pablo, también barroca como la catedral. Igualmente esbelta y luminosa. Largo paseo por la orilla del río Eno. Sol y bellos reflejos de la ciudad sobre sus aguas.

Mientras tomamos café en el salón Amadeus y, coincidiendo que el barco entra de nuevo en una esclusa, entablamos una charla-discusión sobre el nivel real que salvan las esclusas. La conclusión que finalmente sacamos es que el Danubio está totalmente modificado.

Pasamos la tarde en el barco. En el salón panorámico el cocinero-pastelero nos una clase sobre la forma de hacer strudel; termina con un café y un trocito de pastel. Pasamos un buen rato entretenidos con unas partidas de bingo en el salón Amadeus; buen ambiente y risas.

Hoy, después de la cena, nos plantean una competición que es una especie de espectáculo-juego-quiz sobre la Navidad alrededor del mundo. El grupo de españoles, nosotros diez y tres parejas más, elaboramos entre todos las respuestas. La suerte, en forma de gorro como premio, recae en la habitación 324.

Ya es sábado, día 14 de diciembre. A primera hora de la mañana atracamos en Ratisbona, Regensburg en alemán. Un guía local nos recoge a la salida del barco. De camino hacia el centro histórico, nos muestra restos de muralla y construcciones de la época romana; no en vano fue punto de contención de los pueblos bárbaros durante el Imperio Romano. Caminamos por diversas calles del casco antiguo; pasamos ante el ayuntamiento viejo; por cierto, casi nos invitamos a una boda; más que nada para acompañar a los novios pues no había muchos invitados.

Las explicaciones del guía son interesantes; nos habla de la importancia del Danubio como vía de comunicación y comercio. A imitación de las que existen en la Toscana, en Italia, hace referencia a algunas casas-torre. Su altura era sinónimo de la importancia y categoría de sus dueños; pero, aparte de los dos primeros pisos que solían estar habitados, el resto es pura apariencia, espacio vacío; una forma de ostentación. Llegamos a una plaza donde se levanta una estatua de Don Juan de Austria. Nos detenemos aquí y nuestro guía nos da abundante información sobre Bárbara Blomberg, madre de Don Juan. Parece que conoce este tema a la perfección.

Acabamos el recorrido en la plaza de la catedral. Algunas explicaciones generales sobre la portada y las torres. El estilo arquitectónico de la catedral de San Pedro es Gótico francés; una de las pocas de ese estilo que hay fuera de Francia, como Colonia, Burgos y León.

Nos recomienda fijarnos, dentro ya, en tres elementos: el órgano, suspendido del techo; las vidrieras que son originales pues la catedral no sufrió daños en la Segunda Guerra Mundial; y un tercero, el ángel sonriente. Aquí nos despide. Un guía muy competente y bien preparado.

Visitada la catedral, nos adentramos en el mercadillo cercano, recorriendo su puestos buscando el recuerdo o el regalo que nos guste; no nos animamos a tomar vino caliente y bocadillos de salchichas de medio metro que sobresalen por los extremos de un pequeño bollo de pan. Hace frío, mucho frío, por eso buscamos un café para calentar el cuerpo y coger fuerzas para volver al barco a comer.

Por la tarde salimos pronto aprovechando el sol y que la temperatura es menos fría. En primer lugar nos dirigimos al Puente de Piedra. Desde él hay unas vistas excepcionales de la ciudad y reflejos muy vistosos en el río. El puente es una construcción imponente, de piedra de sillería y dieciséis arcos; el primer arco y el primer pilar se incorporaron a la tienda de sal de Ratisbona.

A estas horas, las dos y media de la tarde, es un auténtico hormiguero. Al otro lado hay un mercadillo, básicamente de comida y bebida. Por ello la gente va y viene sin descanso por el puente.

Retornamos hacia el centro de la ciudad; nos dirigimos hacia Thurn und Taxis; era algo que nos habían aconsejado en la oficina de turismo; pero hay tanta gente que renunciamos a la entrada. En su lugar tratamos de visitar dos iglesias de las que tenemos buenas referencias. La primera es San Emmeram que debió ser el núcleo de una abadía benedictina. La entrada es un pórtico de hechura románica, pero su interior es Barroco muy recargado.

Para encontrar la segunda debemos dar más vueltas; se trata de Alten Kapelle. Está abierta, pero es imposible entrar a la nave de la iglesia; una verja cerrada lo impide; la vemos de manera imperfecta. También es barroco. De regreso al barco entramos en el museo del que en la mañana nos había hablado el guía; queríamos ver una proyección que era un paseo por la historia de Ratisbona. El documental, bien, pero era en alemán. El cansancio de todo el día y el idioma incomprendido facilitan que, más de uno, demos alguna cabezada.

Hoy tenemos en el barco el cóctel de despedida y la cena de gala. Copa de cava, o algo parecido, y dos aperitivos. Casi sin pausa, la cena. En la misma línea de excelencia y finura que han sido todas las cenas y comidas que hemos tomado a diario, pero con un plato más; un sorbete delicioso de helado de frambuesa y gelatina de arándanos, previo al plato principal.

Es domingo, día quince. Ya estamos llegando al final de nuestro crucero. Hemos pasado la noche y buena parte de la mañana navegando; ya no es el Danubio sino el canal que comunica este río con el Rin; hemos encontrado esclusas con mayor frecuencia; algunas bastante profundas. Vamos descendiendo según la orografía del terreno. En alguna de estas esclusas el descenso es de hasta veinticinco metros. Una pequeña distracción gastronómica para hacer más llevadero el viaje: a media mañana, degustación de salchichas con un pan tipo rosquillas grandes. ¡Como pasamos tanto hambre…! Casi se nos junta con la comida, que la sirven pronto pues, poco más tarde de la una del mediodía debemos salir, desde Roth, hacia Nurembreg.

La guía que nos acompaña hoy es mexicana; nos hace una visita panorámica sin bajar del autobús. Nos lleva por los lugares más representativos de la reciente Historia de Alemania: las construcciones y espacios faraónicos de la época de Hitler, sede de los juicios de Núremberg, y otros edificios emblemáticos. Al llegar al Castillo comienza la visita a pie. Su altura nos permite tener unas buenas panorámicas de la ciudad.

Lo visitamos y, desde allí, recorremos el casco histórico hasta la Plaza del Mercado donde se encuentra la Schöner Brunnen, una famosa fuente del siglo XIV situada en esta plaza.

El mercadillo navideño aquí instalado es inmenso. Tiempo libre hasta la hora de regreso al barco. Después de tomar café para entonar el organismo, recorremos el último mercadillo de nuestro viaje. Ocupa toda la plaza; multitud de puestos de objetos navideños, salchichas, vino caliente, bocadillos…Desde la balconada de la iglesia gótica de Nuestra Señora hay una vista impresionante del mismo.

Regreso al barco, cena, pago de gastos en recepción y preparación de las maletas. Mañana salimos pronto para el aeropuerto de Munich.

Aquí termina nuestro crucero por el Danubio en el barco Amadeus Cara. Grata la experiencia en este tipo de viajes y más grata todavía por haberla compartido en tan buena compañía.

MÁS FOTOGRAFÍAS DEL CRUCERO